Naranjina de Oro


Había una vez un rey, quien tenía un hijo. Cierto día cayó enfermo el príncipe. Los médicos que lo examinaron le comunicaron al rey su temor por la vida del hijo. Aunque sabían que la condición del príncipe no estaba tan mala, le advirtieron al rey del peor desenlace. Si muriera el muchacho, el rey creería que eran listos porque lo habían previsto. Si se repusiera, en consonancia con su previsión verdadera, el rey respetaría aun más su listeza, porque habrían curado a un muchacho tan enfermo. Sin embargo, al oír el mensaje aterrador de los médicos, el rey se asustó, y prometió que, si su hijo se repusiera, haría vaciar la gran pila de agua en el jardín delante del palacio y llenarla de miel y mantequilla para los pobres. Después de unos días, se repuso el muchacho. Los médicos recibieron una condecoración que se prendieron en el pecho, y el rey mandó llenar la pila de miel y mantequilla para los pobres. Fue vaciada la pila y cuidadosamente limpiada, así que la gente podía ver que había sido construida del blanco mármol que brilla a pesar de los filones marrones. Seguidamente fue llenada una mitad de mantequilla deliciosa, que era amarilla y aromática, la otra mitad de miel, que fluía de los cántaros como oro iluminado por el sol. Los pobres venían con platos y latitas. Las preocupaciones del rey les habían traído un golpe de buena suerte. Sacaban miel y mantequilla, en camino a casa ya golosineaban un poquito, y no importaba, porque había bastante existencia. El príncipe restablecido estaba sentado a la ventana, mirando todo. Vino una viejita que parecía contenta con un poquito de miel y mantequilla, porque llenó una cascarita de huevos y hizo ademán de llevarla a casa. Lo vio el príncipe, no pudo aguantar la risa, abrió la ventana, tomó arco y flecha, apuntó, y acertó, rompiendo la cascarita en las manos de la viejita. La mujercita vieja alzó la vista para ver quién hubo tirado, vio al príncipe que estaba riendo a la ventana, y gritó:
"Bueno, eres un bribón, y un buen tirador. ¡Un príncipe como tú debería salir para buscar a la princesa Naranjina de Oro!"
"¿Quién es la princesa Naranjina de Oro, y donde está?", gritó el príncipe.
"Ahora quieres saber algo que yo no quiero revelar", dijo la mujercita. "Has rompido mi cascarita y creído que podías hacer una broma. Pero mi flecha es tan acertada que la tuya, y yo hago la broma. ¡Buenos días!"
Esta respuesta no la podía aguantar el príncipe. De repente se había puesto curioso por saber a qué se había referido la mujercita. Por eso salió del cuarto, cogió un gran plato de la cocina, y lo llevó afuera. Llenó el plato de miel y mantequilla, miró donde estuvo la viejita, y corrió detrás de ella. Cuando la alcanzó, dijo:
"No intentaba nada de malo. Mira qué te he traído."
Le dio el plato lleno de miel y mantequilla, y además le puso en la mano una moneda de oro, y preguntó:
"Cuentame a qué te referiste, hablando de Naranjina de Oro."
"Si quieres saberlo, voy a contartelo", dijo la mujercita. "Escucha. Si viajas por siete reinos, llegarás a un jardín en que están creciendo tres naranjas en un árbol de naranjas. Tienes que cogerlas, y es fácil, pero no puedes cogerlas con la mano, porque en este jardín está durmiendo un gigante. Si las cogieras con la mano, se depertaría el gigante, y acabarías mal.


Por eso tienes que ser prudente. Lleva contigo una cajita llena de agujas y un poquito de sal. Cuando el gigante te persiga, echa las agujas detrás de tí, y con la ayuda de Dios se volverá una mar de agujas. Cuando el gigante aun pase la mar, echa la sal detrás de tí, y ya no te molestará mucho. Lleva las naranjas contigo, porque son naranjas de oro. Si eres prudente, llegarás a casa trayendo a la princesa más bella de doce reinos. Toma este silbato. Si has perdido el camino, tienes que usarlo.
Entonces la mujercita se marchó. El príncipe se quedó atrás con el silbato. No le parecía mala idea lo que le había dicho la viejita. Fue a casa, porque no quería perder ni una sola hora. Ante el trono le dijo a su padre:
"Padre, ahora estoy curado, y me siento más fuerte que nunca. Quiero salir para buscar una novia, y te prometo que volveré trayendo a la princesa más bella de doce reinos. Me acompañarán las oraciones y buenos deseos de los pobres que están agradecidos porque les has dado tanto miel y tanta mantequilla por mi restablecimiento. Dame tu bendición para que sean exitosos mi viaje y mi intento."
"No te quiero impedir un viaje que quieres emprender por tal intento con tanta confianza", dijo el rey.
Puso las manos en la cabeza del príncipe arrodillado, y le dio su bendición.
El príncipe llenó su morral, añadió agujas y sal, e inició el viaje. Marchaba de uno al otro reino, dormía en cavernas o a campo raso, iba andando desde la madrugada hasta la noche, veía muchas tierras extrañas y ciudades, y al fin llegó al séptimo reino. Pero allí la gente no sabía nada sobre el jardín con el árbol de naranjas. Al llegar a un gran bosque, el príncipe dudó sobre adónde ir. Se acordó del silbato que le había dado la viejita. Lo sacó del bolsillo y silbó. ¡Qué sorpresa tan magnífica! De todas partes de los árboles y de los matorrales acudieron enanitos, de los que estuvo plagado el suelo. Cercaron al príncipe en nutridos grupos, y le preguntaron con más de mil pequeñas voces:
"¿Qué nos manda nuestro maestro? ¿Qué nos manda nuestro maestro?"



"¿Qué?", dijo el príncipe. "Yo no sabía que era su maestro. Pero si me preguntan qué quiero mandar, se lo voy a decir. Les mando llevarme al jardín en que está el árbol con las tres naranjas de oro."
"Es muy fácil", dijo el jefe de los enanitos. "Sabemos el lugar donde está el jardín, y vamos a enseñarte el camino. Pero tenemos que dejarte delante de la entrada del jardín, no podemos entrar junto contigo, porque no podemos hacer nada contra el gigante que duerme allí, ni podemos tocar las naranjas de oro. Solamente podemos advertirte que tienes que ser muy prudente, de otro modo acabarías mal."
Le enseñaron el camino al príncipe. Marchaban a pares delante de él. La procesión parecía tan larga como el camino mismo. El príncipe miraba por encima de todas las cabezitas. Desde su posición detrás de los enanitos últimos apenas podía ver a los enanitos primeros. Marchaban rápidamente, mientras cantaban todo tipo de canciones chistosas de enanos. A compás de la música nadie se podía rezagar. Sin embargo, lo más bonito se presentaba al anochecer. A lo largo de un camino excavado los enanitos al pasar cogían de la maleza, uno por uno, una ramita en que estaba una luciérnaga. El príncipe veía delante de sí el par de dos hilos de luces verdes y tenues que ondulaban hacia abajo en lo oscuro hondo y hacia arriba donde subía el camino, y se ponían como dos cintas vivas de luces paralelas sobre los flancos de las colinas que pasaban. Era una bella vista para el príncipe, quien nunca se saciaba, pero terminó cuando todo comenzaba ardiendo en el rosicler. Al salir el sol llegaron al jardín.
"Aquí nos despedimos de tí", dijo el jefe de los enanos. "Ahora procede con mucha cautela."
El príncipe les dijo gracias a los enanos por escoltarlo. Se fueron, tras unos momentos hubieron desaparecido como si de repente se hubieran hundido en el suelo. El príncipe entró en el jardín por la puerta. Pasaba por los senderos, vio entre las flores del césped un árbol en el que brillaban tres grandes naranjas hermosas. Sin embargo, en la hierba estaba tendido y durmiendo el gigante. Roncaba tan fuertemente que su aliento movía la hierba cerca de su cabeza como si fuera una tempestad. El príncipe se aproximó prudentemente. Porque se acordaba de que no podía coger las naranjas con la mano, buscó algo apropiado en la hierba y encontró una piedra. Vino bajo el árbol, se puso en los dedos del pie, se estiró hacia arriba, abrió la mano izquierda bajo una naranja, y sacudió la naranja con la piedra. Al caer la naranja la cogió al vuelo. Al mismo momento gritó una voz desde el árbol:
"¡Coge! ¡Coge!"
El gigante seguía roncando. Se dio vueltas, y preguntó, sin abrirse los ojos:
"¿Quién coge?"
"¡La piedra! ¡La piedra!", contestó la voz desde el árbol.
"Es absurdo", dijo el gigante. "No puede coger ninguna piedra. Déjame dormir."
El príncipe se hubo asustado al oír la voz, pero lo calmó la respuesta del gigante. Por el susto hubo perdido la piedra. Se acurrucó y vio un palo apto. Mientras tenía la naranja cogida en la mano izquierda, tomó el palo con la otra mano, y sacudió con el palo la segunda naranja del árbol. De prisa echó el palo al suelo, y cogió la segunda naranja al vuelo. Gritó la voz desde el árbol:
"¡Coge! ¡Coge!"
El gigante se dio vueltas, y preguntó, mientras seguía durmiendo:
"¿Quién coge?"
"¡El palo! ¡El palo!", contestó la voz.
"Es absurdo", dijo el gigante. "No puede coger ningún palo. Déjame dormir."
Ahora había sólo una naranja en el árbol. Por eso el príncipe no quería tomarse la molestia de buscar algo adecuado para sacudir la tercera naranja. Con dos naranjas en la mano izquierda, en seguida extendió la mano derecha y cogió la tercera naranja. Se fue corriendo tan rápidamente como podía.
Pero desde el árbol gritó la voz:
"¡Coge! ¡Coge!"
El gigante se dio vueltas, y preguntó, sin abrirse los ojos:
"¿Quién coge?"
"¡La mano! ¡La mano!", contestó la voz.
El gigante se enderezó inmediatamente. Abrió los ojos y vio que en el árbol ya no había ninguna naranja. Salió del jardín corriendo. Miró a todas partes, hasta que al fin vio al príncipe fugitivo. Comenzó a perseguirlo, pero el príncipe lo notó porque retumbaba el suelo. De prisa tomó el paquete de agujas, y las echó detrás de sí. El gigante estuvo frente a una mar de agujas, pero no cedió. Vadeaba a través de las agujas, en las que se hundía hasta los hombros. Pasaba por la mar de agujas con mil heridas en todas partes de su cuerpo, y al fin llegó al otro lado, y continuaba la persecución. El príncipe tenía ventaja, pero el gigante corría más rápidamente. Al oír el jadeo del gigante, el príncipe echó la sal detrás de sí. Pero ni siquiera cedió el gigante frente a la mar de sal. Entró en la mar sin vacilar, y vadeaba a través de la sal, en que se hundía hasta los hombros. No se podía ver nada de él sino la cabeza que comenzó bramando de dolor. Ni fue milagroso porque la sal penetraba todas las heridas que las agujas habían causado. Las heridas sangraban y mordían, por eso vociferaba el gigante, pero dentro de poco murió por los dolores, antes de que pudiera llegar a la otra orilla de la mar de sal.
Bueno, ahora el gigante ya no molestaba al príncipe. El hijo del rey continuó su viaje, alegre y de buen humor. Una vez salvo, comenzó preguntandose qué era el secreto de las naranjas de oro. Eran bastante grandes y se veían espléndidas. El príncipe no pudo resistir el deseo de probar un trocito de una de las naranjas. Tomó una y le quitó la cáscara. Pero entonces ocurrió algo milagroso. Bajo la cáscara se rompió la membrana del fruto, y se se hizo visible una niña encantadora con mechones de oro, hasta los brazos.
"¡Agua!, ¡Agua!", gritó. "¡Si no recibo agua, tengo que morir!"

El príncipe comenzó a correr por ahí para buscar agua. Por suerte pronto llegó a un arroyo. Depuso la naranja con la niña a la orilla del arroyo, sacó agua, y se la dio para beberla. Mira, ahora la niña se desprendió de la naranja, se volvía más grande rápidamente, crecía fuera del fruto. Allí estaba la cáscara de oro, pero la niña se arrodilló al borde del arroyo, se acurrucó y comenzó a beber. Bebía y bebía. El príncipe estaba perplejo al ver que bebía todo el agua del arroyo. Y después la niña aún tenía sed. Se enderezó, miró alrededor angustiosa, y gritó:
"¡Agua!, ¡Agua! ¡Si no recibo más agua, tengo que morir!"
Mientras el hijo del rey miraba alrededor para buscar más agua, de repente la niña se fue corriendo rápidamente como si fuera un pajarito. El príncipe quiso correr detrás de ella, pero la niña ya había desaparecido. Allí estaba el muchacho y miraba la cáscara vacía, pero aún tenía otras dos naranjas. Decidió proceder con más cautela al pelar el segundo fruto. Marchaba por el arroyo seco, continuaba caminando, y tras unas horas llegó a un laguito claro y azúl. Pensó que aquí había bastante agua y decidió abrir la segunda naranja.
Se sentó y tomó la segunda naranja. Al tenerla en la mano, se imaginó que sentía un corazón que estaba palpitando suavemente. Peló prudentemente la parte de arriba del fruto, y, sí, vio una cabezita que rompió la membrana de la naranja, y vio un par de brazos. La niña era muy encantadora, era aún más cariñosa que la primera, y gritó:
"¡Agua!, ¡Agua! ¡Si no recibo agua, tengo que morir!"
El príncipe sacó agua y se la dio para beber. Crecía fuera del fruto tan rápidamente como la niña de la primera naranja, saltó de la cáscara, y allí estaba de pie, tan grande como todas las niñas, fresca y hermosa como una rosa en la primavera. Pero fue al borde del laguito a toda prisa, se arrodilló, y se tendió para beber. Bebía y bebía. El príncipe no había visto tanta sed nunca. La niña bebía todo el agua del laguito hasta la última gota. Entonces se enderezó de un salto, miró alrededor, y gemió:
"¡Agua!, ¡Agua! ¡Si no recibo más agua, tengo que morir!"
El príncipe la quiso coger de la mano para buscar agua en la cercanía juntos, pero la niña ya se había ido tan rápidamente como el viento, como si fuera un pajarito. El príncipe corrió detrás de ella, pero en vano, porque dentro de unos momentos la muchacha ya había desaparecido.
Ahora el hijo del rey tenía sólo una naranja, y se hizo el propósito de proceder con aún más cautela. Estaba decidido a hacer que, si saliera una niña del tercero fruto, esta no se le escaparía como las dos otras. Pasaba unos arroyos que murmuraban, bebía para calmar su propia sed, pero no se atrevía a pelar su última naranja. Sabía por experiencia que a las dulces niñas que salten a la vida desde naranjas de oro no les basta ni un arroyo entero para aplacar la sed inicial. Continuaba su viaje por ciudad tras ciudad, reino tras reino, y al fin llegó a un grande rio ancho. Ya había visto desde lejos este rio que se serpenteaba entre bordes verdes y brillaba como plata bajo el sol. Se sentó a la orilla del rio que no podrían vaciar ni mil caballos sedientos. Tomó la tercera naranja de oro y cortó la parte de arriba de la cáscara. Sí, una cabecita salió de la membrana del fruto, y después salieron dos brazos blancos, y gritó una voz:
"¡Agua!, ¡Agua! ¡Si no recibo agua, tengo que morir!"
De prisa el príncipe sacó agua y se la dio para beber. Ella también crecía tan rápidamente que el hijo del rey no lo habría creído si no lo hubiera visto con sus propios ojos. Saltó de la cáscara, corrió al rio, y se tendió para beber. Bebía y bebía. El príncipe estaba detrás de ella para evitar que la chica fuera a escapar. La niña bebía y bebía, pero no podía vaciar el rio que era ancho y profundo. Agotada por el esfuerzo, al fin se quedaba tendida con la oreja derecha en el suelo. Se había dado por vencida, no podía vaciar el rio. El príncipe esperaba hasta que la niña había cobrado aliento, y entonces la puso en pie. Le encantaba al príncipe el hecho de que no se hubiera ido corriendo la niña a la que miraba con asombro y admiración, porque ella era más bella que las otras dos juntas. Llevaba trenzas rubias que brillaban como el sol. Tenía ojos azules como el cielo y mejillas acaloradas como el rosicler. De verdad era la más bella de doce reinos. Con un sobresalto el hijo del rey se dio cuenta de que podría haber desaparecido la muchacha que estaba aquí y no hacía ademán de desaparecer.
El príncipe se quitó el abrigo, la capa y el blusón. Se puso la capa otra vez, y le dio el blusón a ella. Seguidamente le echó el abrigo sobre los hombros en que ella se envolvió. Ahora la niña ya no tenía que tiritar ni dar diente a diente por el frío al anochecer. Seguían adelante juntos. Marchaban por el borde del río hasta que llegaron a un transbordador. El barquero los transbordó y les deseó un buen viaje. Todas las noches el príncipe hacía un lecho de hojas y musgo, encendía un fuego para vigilar al lado de ella, y por las mañanas continuaban el viaje. El príncipe contó que era un príncipe, y ella dijo que era una princesa. A su cuna de princesa había venido una mujercita y prohibido que el bebé fuese a exponerse al cielo descubierto dentro de quince años. Si lo hiciera antes, se expondría a un gran peligro. Los que lo habían oído se lo contaban a la princesa después, y ella obedecía hasta que una vez no pudo resistir la tentación de estar fuera con las flores bajo el sol. Vino un gigante quien la llevó del jardín en que ella estuvo cogiendo flores a su estancia en que ya estaban otras dos princesas. Antes de dormirse el gigante, y dormir como un lirón por siete años, las transformó en tres naranjas de oro que fuesen a colgar de un árbol milagroso que tenía una voz para advertir al gigante en caso de peligro. El príncipe contó que había ido a correr mundo para buscarla hasta que la encontrara. Ella lo llamó su salvador, y él la llamó princesa Naranjina de Oro. Este nombre le gustaba mucho a la princesa. Lo abrazó y besó. El hijo del rey estaba muy alegre, porque en su corazón había tomado mucho cariño y amor a la princesa Naranjina de Oro.
Tras un viaje sin problemas llegaron al reino del príncipe. Fueron a la ciudad del rey. Sin embargo, fuera de la ciudad había una fuente y un estanque y alrededor muchos árboles. El príncipe la llevó allá a la princesa Naranjina de Oro, y le dijo:
"Mira, aquí está un árbol cuyas ramas y ancha copa colgan del tronco sobre el estanque. Voy a hacerte un asiento en la copa, porque es difícil introducirte en el palacio mientras estás llevando mi blusón y mi abrigo. Te ahuyentarían antes de que yo podría explicar que eres una verdadera princesa. Por eso tienes que quedarte aquí, subirte al árbol, y esconderte entre la fronda. Mientras tanto, yo voy a mi padre para contarle todo lo que ha ocurrido. Voy a preparar lo necesario para recibir festivamente a una princesa ilustre. Seguidamente vamos a recogerte, yo y mi séquito, y traerte vestidos de princesa para que no tengas que tener vergüenza y estarás vestida de una manera que conviene a la princesa más bella de doce reinos."
Naranjina de Oro estaba de acuerdo. El príncipe le hizo un asiento en el árbol, trenzó un trono de ramos y hojas, le ayudó subir al árbol, y le puso en el asiento. Entonces se despidió de ella y le aseguró que iba a darse prisa y volver dentro de unos días. Saltó del árbol y fue a la ciudad.
En la cercanía había una aldea cuyo alcalde tenía una asistenta feísima. Esta asistenta iba a sacar agua del estanque bajo los árboles cada día. Vino con su cántaro debajo del árbol en que estaba Naranjina de Oro, se acurrucó para sacar agua, y vio en el agua la imagen reflejada de la faz de Naranjina de Oro, quien prudentemente hubo inclinado la cabeza para ver qué vino a hacer esa muchacha. Sin embargo, la asistenta estuvo perpleja, porque creyó que la imagen reflejaba su propia faz.
Se levantó de un salto, y gritó:
"¡Qué estúpida soy, por permitir que la gente me califique de fea! Es probable que lo digan para que yo haga todo el trabajo sucio y humilde. Ahora veo que soy bella, por eso ya no quiero sacar agua."
Hizo unos pasos de baile, y volvió a casa. Claro que ahora se creía por encima de su maestra, porque le dijo altaneramente: "Ya no sacaré agua, porque soy más bella que todas las princesas."
Y echó el cántaro al suelo, así que se rompió en mil pedazos.
Pero se hizo furiosa su maestra, quien gritó:
"¡Eres una criatura fea, estúpida y fatua! ¿Por qué destrozas mis cántaros? ¿Por qué crees que eres bella? Eres tan fea que te asustarías si pudieras verlo. Déjate de tonterías, si no quieres una paliza. Haz tus tareas, ve a bañar a mi niño en el estanque, y lárgate.
La asistenta cogió al niño de la mano y lo llevó al estanque. Sin embargo, cuando quiso sacar agua para lavarlo bajo el árbol en que estaba Naranjina de Oro, vio otra vez la imagen reflejada de la cariñosa faz de Naranjina de Oro. Porque creyó que la imagen reflejaba su propia faz, dijo:
"¿Por qué permito que me engañe mi maestra? Veo mi belleza con mis propios ojos. Por supuesto me insulta mi maestra, porque es celosa. Pero no soy loca. Si soy tan bella como una princesa, tienen que darme un trato de princesa. Por eso ya no voy a lavar a niños sucios y desobedientes."
Le dio una bofetada al niño, quien comenzó a llorar en voz alta, lo cogió de la mano, y lo arrastró a casa.
"Mira", le dijo a su maestra, "tu hijo cargante está contigo otra vez. Si lo quieres lavado, lo lava tú mismo. Yo rechazo lavarlo, porque he visto que soy más bella que todas las princesas."
Pero ahora a la esposa del alcalde se le acabó la paciencia. Cogió un palo y le dio a la asistenta una paliza.
"¿Por qué maltratas a mi hijo?", gritó. "No sólo eres estúpida y fea, sino también loca. Te mira en el espejo, y vas a ver tu faz repugnante. Ya no quiero que estés en mi casa."
La asistenta se miró en el espejo que le tendió la maestra furiosa, y vio con vergüenza lo fea que era. Salió de la casa, ahuyentada por su maestra. Pero volvió al estanque, porque era obstinada. Bajo el árbol en que estaba Naranjina de Oro vio otra vez en el agua la hermosa faz reflejada.
"No lo comprenderé nunca", dijo. "En casa soy feísima, pero aquí soy bellisima."
Naranjina de Oro ya no podía ahogar la risa. Se reía efusivamente de las tonterías de la asistenta, quien oyó la risa, se asustó, y miró hacia arriba, donde vio entre las verdes hojas la misma faz hermosa que había visto reflejada en el agua. Ahora comprendió que se había engañado, y tuvo vergüenza por sus fantasías presuntuosas. A la princesa en el árbol le dijo:
"¿Por qué estás sentada en ese árbol?"
"Estoy esperando", dijo Naranjina de Oro.
"¿Desde cuándo?"
"Desde hace unas horas. No creo que mi espera se termine dentro de poco."
"Bueno. Yo estoy libre. Si no te molesta, voy a sentarme al lado de tí, para que esperemos juntos."
"De acuerdo", dijo Naranjina de Oro.
"Pero, ¿cómo puedo subir al árbol?"
"Un momento, por favor", dijo Naranjina de Oro.
Bajó una de sus largas trenzas desde el árbol. La asistenta cogió la trenza y se izó hacia arriba. Se sentó al lado de Naranjina de Oro, y le dijo:
"Bueno. Ahora ya no estás sola. ¿A quién estás esperando?"
"Al príncipe", dijo Naranjina de Oro.
"¿A qué príncipe?"
"Al príncipe de tu país. Yo estaba a la merced de un gigante. Mientras dormía el gigante, me libró de su poder el hijo del rey. Este príncipe me llevó consigo como su novia, y vamos a casarnos. Me dio sus propios vestidos, porque yo no tenía vestidos de princesa. Yo me puse sus vestidos, pero no son adecuados para llevarlos en el palacio de su padre. El príncipe me dejó aquí y fue a casa solo. Me dijo que iba a contarle todo al rey, y recogerme aquí junto con su séquito, y traerme vestidos de princesa."
"¿Eres una princesa?", le preguntó la asistenta.
"Sí, soy la hija de un rey", dijo Naranjina de Oro.
"Y ¿cuál es tu nombre?"
"Me llamo princesa Naranjina de Oro."
"A juzgar por tu capa y tu blusón, yo no diría que fueses una princesa", dijo la asistenta. "Y estás sentada en un árbol sin cojines de plumón. Pero tu cara es una verdadera cara de princesa. No he visto un cutis tan fino nunca. Tus mejillas se parecen a naranjas deliciosas. Me parece que tus trenzas son de oro. ¿Puedo tocarlas?"
"Sí", dijo Naranjina de Oro.
Pero la asistenta no sólo era fea y estúpida, sino también maligna y celosa. Dio tirones a una trenza de Naranjina de Oro, quien se deslizó de su asiento por consecuencia. La asistenta hizo como si la quisiera coger al vuelo decentemente. Sin embargo, le cogió de los vestidos, y le dio un empujón traicionero con sacudidas para quitarle la capa y el blusón. Naranjina de Oro no pudo agarrarse de nada, y se cayó del árbol al estanque con unos ramitos arrancados. La asistenta se agachó, y vio que Naranjina de Oro se hundió entre grandes círculos que se extendieron sobre la superficie del agua. Había desaparecido Naranjina de Oro, pero donde se había hundido salió del oscura agua un gran nenúfar magnífico cuyos blancos sépalos se levantaban sobre las verdes hojas. La asistenta no prestó mucha atención al nenúfar, porque creyó que el flor, al que ya no había notado, debía de haber estado presente antes. Ahora se dio prisa por ponerse el blusón y la capa. Tenía el cuello de la capa delante de la boca para mantenerse oculta, y esperaba al príncipe.
Llegó el príncipe el segundo día en un carruaje de oro con su gran séquito de caballeros a caballo, nobles y eminentes del país, caballos magníficos que andaban cortamente atados y piafando, jinetes espléndidos que estaban firmemente sentados en las sillas de montar. El hijo del rey había encomiado la belleza de la princesa, así que los del séquito estaban llenos de expectación y deseaban ver a la joven novia y futura reina que era, según las palabras del príncipe, la más bella de doce reinos. Llegado al estanque, el príncipe saltó del carruaje. Llevaba un traje elegante de terciopelo rojo con bordado de oro, un blusón y pantalones de seda blanca, zapatos con hebillas de oro, un sable de oro, y un sombrero con una pluma grande. Corrió al árbol con los brazos tendidos hacia adelante para llamar a su querida novia. Pero no tenía los brazos tendidos largo tiempo. Los retiró de prisa, porque entre las hojas no vio la faz cariñosa con las mejillas rojas, sino una cara terrosa y una risa sarcástica.
"¿Qué veo?", dijo el príncipe. "¿Qué ha pasado?"
"Nada", dijo la voz desde el árbol. "Estoy sentada aquí y esperando, mi querido príncipe, durante muchas horas. Creía que tenía que esperar durante otras muchas horas, pero me gusta que hayas venido. ¿Es muy grande tu séquito?"
"Me engañan mis ojos", pensó el príncipe. "Porque nadie podría transformarse tanto dentro de dos días."
La asistenta en el árbol vio lo desesperado que estaba el hijo del rey, y le dijo:
"¿Ya no sabes quién soy? Soy Naranjina de Oro, llevo tu capa y tu blusón. Has prometido que ibas a recogerme con un carruaje y gran séquito, y traerme vestidos de princesa."
"Sí", dijo el príncipe. "¿Pero por qué es tan terrosa tu cara?"
"Porque me ha bronceado el sol."
"¿Y por qué está tan ronca tu voz?"
"Porque he rezado por tí todo el día."
"¿Y por qué han desaparecido tus trenzas?"
"Porque no las iba a peinar nadie."
El príncipe comprendía que la muchacha iba a contestar todas preguntas, pero estaba confuso y perplejo. ¡Qué desilusión! No sabía qué hacer. Además temía la burla de los cortesanos, porque iban a ver a la novia a la que había calificado de la más bella de doce reinos. Pero no podía resolver el problema, ni dejarla aquí. Había venido para recogerla. Le ocurrió la idea de que su novia podría recobrar su hermosura de la misma manera tan rápida y milagrosa de la que se había vuelto fea. Esta idea le consolaba por el momento, aunque era triste el consuelo. Ahora les hizo señas a los pajes que habían traído los vestidos de princesa. Los pajes se acercaron, el príncipe tomó los vestidos y se los alargó a la muchacha. Pasaba por mil suplicios, mientras iba de un lado a otro. Consideraba si quizás pudiera inventar un pretexto para decirles a los de su séquito que se fuesen, pero no podía inventar nada. Se imaginaba que tal vez fuese víctima de una ilusión óptica y que su bella novia de antes pronto fuese a aparecer de nuevo, pero se temía que no. Ya oyó el grito de mando de la novia de hoy. Vino bajo el árbol para ayudarle a descender de su asiento de hojas. Vio que su nueva novia se veía feisima y gorda. Además, la falda plisada de raso blanco no estaba bien asentada sino arrugada.
"¡Vamos!", dijo el príncipe, y fue la mejor palabra que podía decir. La puso en el carruaje de oro, cerró la portezuela, y bajó la cortina. Lo hizo de prisa, pero los nobles y cortesanos hubieron visto a la novia. Primero estuvieron perplejos, seguidamente comencieron a reir. Las risas burlonas fueron un nuevo suplicio para el príncipe, quien mandó volver a casa. La novia a su lado creía que era bella, porque llevaba vestidos preciosos de raso blanco. Le sonreía al hijo del rey, quien creía que no le podría pasar nada peor. Algunas veces ella le trató de 'mi príncipe', pero él no decía nada. Al fin se callaba incluso la novia, y era sensato callarse. Era triste la vuelta, por muy alegre que se la hubiera imaginado el príncipe. Tras llegar al palacio, el príncipe le mostró a la novia el cuarto de novia abundantemente adornado. Ya no la podía ver nadie. La excusaba el hijo del rey, quien decía que no es saludable una estancia de mucha duración en un árbol. Esto lo comprendían todos.
Había en la ciudad una lavandera, quien lavaba la ropa en el estanque bajo los árboles dos veces por semana. Después de estos acontecimientos de los que hemos hablado, cuando llegó al estanque con su gran cesto de ropa, llamó su atención un nenúfar magnífico blanco que flotaba suavemente en el agua con sus verdes hojas.



"Es un nenúfar muy hermoso", dijo la mujer. "Lo llevo conmigo a casa."
Cortó el tallo bajo el agua, y puso la flor en el cesto de ropa. En casa llenó de agua un gran plato de cobre y puso la flor en el plato y el plato en la mesa. La mujer no podía apartar los ojos de la flor tan blanca y hermosa y milagrosa. El día siguiente la flor todavía era tan fresca como ayer. La mujer hacía sus tareas, exprimía la ropa mojada, planchaba la ropa seca. Salió de la casa para devolver la ropa limpia. Al llegar a casa en la noche, no dio crédito a sus ojos. Estaba barrido el suelo, no pudo descubrir polvo en ninguna parte, ni pasando el dedo por el zócalo. Limpiados los cristales y cocida la comida, la mujer ya no tenía que hacer nada. Comió la comida que estuvo muy rico. La mañana siguiente la mujer salió de la casa otra vez. Al llegar a casa en la noche, al igual que ayer, estaba barrido el suelo, quitado el polvo, limpiados los cristales, cocida la comida.
"Tengo que descubrir quién hace todo eso", pensó la mujer.
Por eso, la mañana siguiente, fingió salir de la casa, pero de prisa se escondió en un armario en que estaba una grieta por la que podía ver todo lo que iba a pasar en el cuarto. Tras un rato de silencio, murmulló algo cerca del nenúfar. La mujer miró y estuvo perpleja. Desde las hojas del nenúfar, una muchacha saltó al suelo y desdobló rápidamente de las hojas su vestido blanco. La flor había desaparecido del plato, pero por el cuarto andaba la belleza, joven como la primavera, con mejillas rojas como el rosicler y trenzas resplandecientes como el sol.
"¡Qué tan bella es!", pensó la mujer. "Aun es más bella que la flor."
Y de verdad era más hermosa que todas las flores, nadie podría saciarse de su hermosura.
No sólo era bella, sino también diligente. Barría el suelo, lavaba los cristales, cocía la comida. Lo miraba la mujer, disfrutaba ver la muchacha ocupada, quien hacía todo sin ruído. Terminadas las tareas, la muchacha saltó al plato como si tuviera alas, y dobló su vestido a las hojas. Se hundió en el núcleo, pero la mujer saltó del armario. Se asustó la muchacha, pegó un grito, estuvo levantando el dobladillo del vestido. Sin embargo, se le acercó la mujer y le cogió de la mano y le preguntó:
"Por Dios, ¿quién eres?"
Contestó la muchacha: "Yo soy la princesa Naranjina de Oro."
Cogió a la mujer de la mano, y saltó de la mesa. La mujer la hizo sentarse, y Naranjina de Oro le contó su historia: cómo cayó en manos del gigante, cómo fue liberada por el príncipe, cómo había estado sentada en el árbol al lado del estanque, y cómo la empujó del árbol al agua la asistenta feísima quien había venido para sacar agua y lavar a un niño. Sin embargo, le encareció a la mujer que no contara nada a nadie antes de que hubiera logrado su objeto de volver a encontrar al príncipe, su novio, para hacerse su esposa. La mujer le prometió callarse.
Desde ahora Naranjina de Oro se quedaba con la mujer. Hacía las tareas de la casa, pero siempre las terminaba rápidamente. Por eso le dijo a la mujer:
"Soy experta de coger perlas. Si compras perlas y tela en la ciudad, voy a hacer bordado de perlas cada día, y puedes venderselo a los comerciantes con ganancia."
La mujer fue a la la ciudad, compró perlas y telas hermosas, y Naranjina de Oro hizo el bordado. La mujer fue a venderselo a un comerciante, quien dijo:
"Es magnífico este bordado, no he visto nunca bordado mejor."
Y le pagó a la mujer dos veces el dinero que ella había gastado en perlas y telas, y le dijo:
"Si me traerás más bordado, siempre te pagaré mucho."
Con el dinero ganado la mujer compró nuevas perlas y nuevas telas, y Naranjina de Oro hacía bordado. Prosperaba la casa de la mujer por ella que estaba bordando con un armazón y hacía figuras magníficas como flores y pájaros, pavos reales que ostentaban sus colas desarrolladas, gaviotas cuyo vuelo parecía tan vivo que la gente creía oír el aletazo. La mujer ganaba mucho dinero del que Naranjina de Oro no quería recibir nada. Solamente pedía que la mujer le comunicara noticias sobre el príncipe. Sin embargo, la mujer no podía contarle mucho, excepto que la boda estaba aplazada y que la novia vivía en el palacio.
"Es esa asistenta", dijo Naranjina de Oro.
Sí, estaba aplazada la boda, porque el príncipe esperaba que su novia fea se volviera bella. Cada día iba a verla en el cuarto de novia, pero de nada valían los vestidos elegantes que recibía y llevaba esta novia falsa, quien estaba ocupada todas los días con su atuendo de novia. Le habían informado de que un comerciante vendía en la ciudad bordado magnífico de perlas. Deseaba un diadema de perlas y una cola larga de boda en la que fueran cosidas perlas. Le pidió al príncipe ir al comerciante y preguntarle quién hacía ese bordado. El príncipe fue al comerciante, quien dijo:
"Me lo trae una lavandera. No creo que haga el bordado ella misma, pero se lo voy a preguntar."
Sin embargo, cuando se lo preguntó, la mujer dijo:
"He prometido no contar quién hace el bordado. Me basta traertelo."
El comerciante le comunicó la respuesta de la mujer al príncipe, y el príncipe a la novia. Sin embargo, desde que la asistenta entró en el palacio, presumía de ser una princesa verdadera que podía ser caprichosa. Por eso seguía diciendo que necesitaba el diadema y la cola con bordado de perlas tan hermoso como el bordado que vendía el comerciante. El príncipe veía que su novia no sólo era fea, sino también estúpida. Pero no podía olvidar lo bella que era antes de que la dejó al lado del estanque. Por eso seguía esperando que se volviera bella, por mucho que lo hubiera esperado en vano hasta ahora. Si este milagro tuviera lugar, no querría sentir vergüenza de haber negado los deseos de su novia. Por eso mandó que vinieran al palacio todos los bordadores de perlas para bordar la cola de boda.
"Ahora voy al palacio", dijo Naranjina de Oro.
Pero se puso vestidos de asistenta, soltó sus trenzas, hizo un moño de calle, y se puso un pañuelo en la cabeza para esconder su cara en lo posible. Llegó al palacio junto con cuarenta otras muchachas. El portero las llevó a una sala grande en la que estaba la cola de boda que tenía quince metros de largo. Las muchachas tuvieron el dobladillo de la cola y empezaron el trabajo. Estuvieron alegres, rieron y hablaron, ya que las muchachas que trabajan en una cola de boda piensan en su propio sueño de novia y sus propias bodas. Charlaron y contaron sus secretos de amor las unas a las otras. Cuando le preguntaron a Naranjina de Oro por su secreto, ella dijo:
"¿Quieren oír un cuento?"
"Sí, sí", gritaron las muchachas.
Entonces Naranjina de Oro les contó su propia historia. Mientras estaba narrando y las otras estaban escuchando, entró la asistenta, quien ahora hacía de princesa y estaba vestida de princesa. Hubo venido para ver el trabajo de las muchachas, y oyó la narración de Naranjina de Oro. Miró a la narradora, y de repente reconoció la cara cariñosa y hermosa que había visto en el reflejo del estanque y después en la copa del árbol. Primero sentía paralizada por susto y vergüenza, pero seguidamente se enfureció, cogió un palo, se precipitó hacia Naranjina de Oro, y comenzó a golpearla. Echó pestes contra las otras muchachas, quienes se levantaron de un salto por susto, y gritó:

(Traducción en progreso)


(Gran Libro de Cuentos de Margriet: narrado de nuevo por Antoon Coolen, dibujos de Nans van Leeuwen, traducción por Hendrik Reuvers)

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